La Playa Tiene Cobertura, Qué Pena
Crónica desde una tumbona en julio, donde "la colecta cierra por verano" resulta ser una app del banco abierta y un padre que aún no ha pagado.
Hace mucho tiempo, en un curso escolar muy muy lejano, o más bien hace tres martes, en una tumbona en Peñíscola, hice un anuncio solemne a absolutamente nadie. La colecta de la clase, dije en voz alta a una sombrilla, cierra por verano. Seis semanas de descanso merecido para la mujer que se pasó todo junio emparejando bizums con el concepto "excursión" a un nombre concreto.
La sombrilla no discutió. Tampoco impidió que, cuatro minutos después, abriera la app del banco "solo para mirar", igual que se mira si una herida ha cicatrizado, o sea, apretando encima.
Crema solar, arena y un tal Alberto
Existe un tipo muy concreto de relax en el que estás tumbada, ojos cerrados, en paz de verdad, y una vocecita insistente te recuerda que Alberto, el padre de 3ºB, todavía no ha pagado la excursión de junio. No la de septiembre. La de junio. La que ya pasó. El hijo de Alberto fue. Los treinta euros de Alberto no.
No le tengo manía a Alberto, para nada. Por lo que sé es un padre encantador que una vez trajo a la fiesta de fin de curso exactamente el número de servilletas necesario, cosa que pasa menos de lo que una pensaría. Pero Alberto vive ahora en mi cabeza como esa muela que la lengua no deja tranquila, y el aire de mar no lo mueve ni un centímetro.
Así que ahí estoy, en lo que me había vendido a mí misma como un detox digital total, escribiendo un mensaje que necesita once borradores para sonar a amiga y no a gestora de cobros. "Hola, espero que estéis disfrutando del verano" - verdad - "solo un recordatorio suave de la excursión cuando tengas un minuto" - mentira, porque no existe versión suave de "me debes treinta euros y estamos en julio".
Una pequeña digresión sobre gaviotas, prometo que conecta
Un momento, aguanta conmigo. En esta playa hay una gaviota con método. No se lanza directamente a las patatas. Espera, quieta, junto a una familia que ACABA de abrir la bolsa, les deja cuatro segundos de falsa tranquilidad, y ataca con una confianza total y cero remordimiento. Es, sinceramente, toda una operación. La he visto ejecutarla dos veces y he sentido algo parecido al respeto profesional.
Bueno. Los recordatorios funcionan igual. Mándalo el mismo día que acaba la excursión y pareces desesperada. Espera cuatro días, aterrízalo cálido y concreto, y llega como si siempre hubiera estado previsto. Eso me lo enseñó la gaviota. La gaviota no lo sabe. No somos exactamente amigas.
El grupo del cole no sabe que es julio
Mientras tanto, tres madres distintas ya me han preguntado, sin venir a cuento, si la colecta de septiembre "será como el año pasado o subirá". Una me lo preguntó en una barbacoa, pincho en mano, sin previo aviso de ningún tipo. Al colegio le quedan seis semanas, pero el grupo de WhatsApp tiene su propio calendario, y este año empieza a mediados de julio, con pincho moruno de por medio.
Contesté con sinceridad. Todavía no lo sé. Nadie lo sabe. La carta del seguro escolar ni siquiera ha llegado, y ya hay tres personas pidiendo una cifra.
¿A dónde va todo esto? Más o menos a ningún sitio
Mira, construimos algo que quita justo esta negociación playera de en medio: un enlace, cada familia ve exactamente cuánto debe, en su idioma, y el recordatorio sale solo, sin mis once borradores de tumbona. Lo menciono una vez y sigo a lo mío, que nadie quiere publicidad entre los dedos de los pies.
El viernes Alberto pagó. Treinta euros, sin mensaje, sin explicación, como si el tema nunca hubiera existido. No sentí nada. Sentí, si acaso, una pizca de estafa, porque llevaba cuatro días construyéndome un cierre que al final no hizo falta.
La sombrilla, para que conste, sigue sin decir nada al respecto. Seis semanas de descanso, en la práctica, resultan ser cinco y media.